¿Alguien dijo ‘freelance’?

Con faldas y a lo loco

Son tiempos revueltos para el freelance, a nadie le cabe duda de ello. Si bien esta alternativa nunca ha sido el camino fácil para nadie a fecha de hoy lo es todavía menos. Sin embargo, hace un par de días charlaba con un buen amigo, caña en mano, sobre su trabajo (un trabajo, para que nos entendamos, convencional, de “contrato” y no cualificado). Me contaba que quería dejar la empresa, pero claro, en caso de presentar su dimisión se quedaba sin indemnización, ni paro, ni finiquito. Se quedaba, literalmente, con una mano delante, otra atrás, y unos pocos centenares de euros en su cuenta bancaria que, calculaba, le darían para sobrevivir un par de semanas a base de arroz hervido y pasta. Se planteaba, ante esta situación, intentar que lo echaran del trabajo para poder así tener derecho a lo anteriormente mencionado. Sin embargo, con las recientes reformas laborales la empresa había adoptado un sistema de faltas, a través del cuál podía echar al trabajador después de cometer tres “fallos”, sin darle indemnización, ni finiquito, ni derecho a paro. ¿En qué consistían dichas faltas? No llevar uniforme. No ir lo suficientemente pulcro ni arreglado. Bajar la productividad. Pequeños retrasos en los horarios o entrega de tareas. Y un largo etcétera.

Como mi amigo tiene un contrato indefinido, sabía que la empresa no iba a echarlo de un día para otro, por lo que no podía: 1, intentar que lo echaran, pues se quedaría sin paro; ni 2, dimitir, por el mismo motivo anterior. “Atrapado en un trabajo de mierda”, me decía. Con la única salida de encontrar un segundo trabajo para poder salir del primero o bien pactar un despido con los abogados y fiscalistas de la empresa.

Ante esta situación yo, autónomo freelance que adolece en cada liquidación trimestral, que ruega a todos los santos una declaración de renta negativa, que hace funambulismos en los picos de trabajo y se come las uñas de ansiedad en esas semanas que quedan vacías… Me sentí profundamente afortunado.

La no tan mísera vida del freelance

El lunes que viene, a media mañana, si quiero puedo estar en la playa tomando el sol. Ésta, sin duda, es una de las más nombradas y conocidas ventajas del freelance que, a la práctica nunca se lleva a cabo. Pero sin embargo, no estoy atado a ningún jefe (más allá de la duración de un proyecto ya aceptado), ni a horarios fijos (más allá de respetar dentro de lo posible las fechas de entrega estimadas), ni siquiera —lo mejor de todo— estoy atado a mi propia actividad. Hoy hago páginas web; mañana me canso y me dedico a la reparación de mecheros Bic.

management

No, no tengo indemnización, ni paro; pero nunca he contado con ellos, por lo que tampoco los necesito. Prefiero la libertad de andar con pocas maletas, la facilidad de cambiar el rumbo que ahora tengo (y que mi amigo, lamentándolo mucho, no posee).   

No es oro todo lo que reluce, por supuesto, pero sigo prefiriendo mi posición ante todo. Al fin y al cabo, yo la he escogido. Tienes que aprender de economía, de balances, de liquidaciones trimestrales. ¿Pero acaso no es útil ese conocimiento en la vida moderna?

Debes controlar, con tu cabecita, demasiadas cosas: que la asesoría te lleve bien los papeles, que no se te pase ninguna fecha de entrega, que tus subcontratados hagan bien y a tiempo su trabajo, que te paguen (y que pagues) las facturas a tiempo, etcétera. Pero, ¿y la satisfacción de saber que lo estás haciendo todo tu, que es tu esfuerzo el impulsor de todo?

No puedes dormirte y debes evitar la procrastinación (aviso: TechCrunch y derivados no cuentan como tal. Si es inspirador no es pérdida de tiempo). Debes invertir una parte de tu tiempo laboral en I+D no lo digo en broma—, en formarte y en renovar y perfeccionar tus metodologías de trabajo y tu propio producto. Debes controlar a la competencia directa más que a tus propios hijos, con el rabillo del ojo puesto sobre ella. Debes aprender a planificar tu tiempo y tus tareas de forma ejemplar, aunque hoy en día, por suerte, existen apps de time management que pueden ayudarte considerablemente. Y lo más importante: debes disfrutar haciéndolo todo a la vez, junto pero no revuelto.

Es evidente que no todo el mundo va a ser capaz de disfrutar de todo esto, y una mayoría preferirán la comodidad y seguridad de la empresa privada. El mundo del freelance, al fin y al cabo, sólo está hecho para culos inquietos e idealistas, para pequeños soñadores que tienen la íntima confianza de poder hacer algo distinto, que creen albergar ideas y ser capaces de hacerlas realidad a base de abrirse paso a codazos. El mundo del freelance —a mi no me cabe duda— es sólo para luchadores.